Al ver esta imagen antigua de Cuba, de la colección de fotografías de Eduardo Riestra ( https://plus.google.com/u/0/+EduardoRiestra ), sentí la necesidad de documentarla. Así que aquí dejo el relato corto que me ha suscitado dicha imagen. Por supuesto todo es inventado y no pretende más que dar rienda suelta a la imaginación.
Como ya venía siendo costumbre aquella calurosa semana de julio,
el día amaneció apacible. El color azul del cielo y la ausencia de nubes en el,
no hacía presagiar un cambio brusco en el potente anti ciclón que se había
instalado en nuestra isla.
Decidido pero a paso lento, no en vano uno ya tiene cierta edad y la época de las prisas y las carreras ha quedado simplemente para el recuerdo, me dirijo a la parada de autobús más cercana.
- ¡bendita sea mi suerte!,
el 215 acaba de abandonar la parada. Últimamente empieza a ser costumbre perder
el autobús, una muestra más de que uno ya no está para grandes trotes.
- No importa - me
digo a mi mismo, intentando auto convencerme de que eso le pasa a todo el
mundo. En breve llegará otro.
Es agradable pasear.
En la calle hay movimiento. El trasiego de enseres de un lado para otro unido
al ir y venir de coches y camionetas hace que no todo esté perdido. Es ese
movimiento, ese ajetreo el que hace que me sienta vivo.
Una mirada a mi derecha me sirve para constatar el éxito de la nueva apertura en la zona. Mañana hará un mes desde que iniciara su andadura el Café el Gallo con una pomposa inauguración. Convertido en un local de referencia para tertulianos, está en boca de todos.
Me contemplo.
Reflejado en el enorme ventanal puedo ver como luce mi traje. La verdad es que
doy el pego. Completamente de blanco y con zapatos cuidados bien podría pasar
inadvertido en el interior del café. Lamentablemente soy consciente de la
realidad y mi precaria situación económica no da para gastos no
esenciales.
La apertura del
café no ha impedido que Arturo ocupe su lugar habitual. Ataviado con ropas
humildes y equipado únicamente con una silla y una caja de madera, se le
puede ver cada día practicando el noble arte de limpiabotas. Son pocos los
que quedan desempeñando este oficio. Logra subsistir gracias a una clientela
más o menos estable.
Reflejado en el
ventanal observo movimientos en la otra acera. Dos fornidos mozos se encargan
de descargar grandes palmeras que esperan ser alojadas en una mejor
ubicación.
Los mozos son
jóvenes y parecen distraídos. Ya casi no recuerdo cuando yo tenía su edad.
Quien sabe lo que les deparará el futuro.
La marcha del
autobús ha dejado al descubierto la zona más concurrida de toda la calle Montserrate.
Ya puedo ver el restaurante La Zaragozana. Situado en el nº 352 goza de una
envidiable salud. Quien le iba ha decir a su fundadora que más de 100 años
después seguiría, no solo funcionando, sino que se convertiría en lugar
de culto y punto de referencia culinario. Cualquier turista dado al buen comer
no puede abandonar la isla sin haber degustado cualquiera de sus exquisitos
platos.
La calle está
llena de vida. Turistas y no turistas coincidimos. Nos agolpamos en la pequeña
acera, sintiendo la necesidad de mirar por el gran ventanal. Impecablemente
limpio, deja ver el interior del establecimiento. Está prácticamente lleno y la
cara de gozo en los comensales es total. El ambiente agradable y tranquilo hace
que todo en su interior tenga la sensación de estar transcurriendo en cámara
lenta.
Sin saber porqué,
me dejo llevar por la multitud y me adentro en el local empujando la pesada
puerta. Un exquisito olor impregna mis fosas nasales. Siento la necesidad de
acercarme a cada mesa con la intención de que mi vista se pueda recrear en esos
suculentos platos y poder localizar el origen del embriagador olor.
Algo inesperado me
saca del letargo en el que me hallaba sumido.
- ¿cenará solo o acompañado?
, señor.
La pregunta del
metre me sobresalta. Rápidamente pero de forma sutil, deslizo la mano al
interior del bolsillo de mi pantalón, acariciando mi pobre y desnudo
monedero.
Volviendo a la
realidad, soy consciente que ese no es lugar para mí. Por el rabillo del ojo
veo que se aproxima mi autobús.
- gracias pero
otro día será - le digo intentando dar sensación de normalidad.
Salgo y avanzo
pegado a la pared intentando abrirme paso entre los curiosos. Obviamente
no tengo intención alguna de bajar al asfalto. Mi objetivo es coger el autobús,
no morir aplastado por él.
Una vez dentro me
relajo.
Me alejo de La Zaragozana rumbo al
Malecón para contemplar a las gaviotas. Son las únicas en la isla que me
hacen compañía sin pedir dinero a cambio.

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