sábado, 12 de abril de 2014

Relato corto : La Maleta





Allí estaba. Intranquilo, contemplando el ajetreo constante. El elevadísimo número de personas que transitaban por aquella zona, era lo que provocaba su inquietud.
No conocía a aquellas gentes. ¿que seres podían esconderse debajo de esos atuendos ?
Nadie se hablaba. Gentes de lo más variopinto cruzaban sus caminos. En ocasiones podían encontrarse con la mirada. Las había de preocupación, de incredulidad y en alguna ocasión, retadoras.
Bajo el asiento, entre sus piernas, había depositado su maleta. Sujetando el asidero con ambas manos, temeroso quizás de que alguien pudiera arrebatársela. No se fiaba de quien lo rodeaba.
Las personas entraban y salían. El ritmo era frenético. En su mente era fácil imaginar que alguno de ellos pudiera quererle algún mal. Había aprendido a no fiarse de nadie. Su profesión así lo requería.
Llegó a su destino y salió del vagón. Se dirigía a la salida más próxima, con su preciada maleta bien sujeta. Era inevitable. No podía dejar de mirar hacia atrás, a los lados o al frente. La sensación de que le pudieran estar siguiendo le acompañaba siempre.
Salió a la calle. Cierto alivio le sobrevino.
Aún disponía de tiempo. Un café en un bar de la zona estaría bien.
Escogió una cafetería. Al entrar comprobó que se encontraba vacía. Tan solo el camarero.
Sentado a la barra, dando pequeños sorbos de un excelente café. Le gustaban los sabores intensos, Ciudad de La Paz, Bolivia. Ese era siempre su preferido.
El camarero intentaba entablar conversación, pero él sabía que no debía seguirle el juego. Nunca acababa bien. Optó por mirar la televisión. Noticias. Las fluctuaciones de la bolsa, un hombre con Alzheimer en paradero desconocido, un nuevo asesinato en el centro.
Esta última noticia llamó su atención.
Mienten dijo en voz baja. El camarero lo oyó. Mienten dijo de nuevo.
En que mienten quiso saber. Acaso cree saber más que la policía.
No fue el brazo izquierdo, nunca es el brazo izquierdo. A ese hombre que ha aparecido, le falta el brazo derecho.
Que sabrá usted. ¿Cómo puede….? Demasiado tarde, acababa de comprender.
A la mañana siguiente el bar estaba con las persianas levantadas pero con el cartel de cerrado. En su interior paz, silencio. Todo perfectamente ordenado. Una única persona se hallaba sentada en una de las mesas. Mirada a la frente, rígida como si esperara compañía. Pero nunca la vería y por supuesto nunca podría haberle estrechado su mano derecha.
De nuevo en un vagón contemplando a esos desconocidos. La maleta a sus pies, como siempre. Habrá que esperar a ver que depara este nuevo viaje.







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