Allí estaba. Intranquilo, contemplando el ajetreo constante. El elevadísimo número de personas que transitaban por aquella zona, era lo que provocaba su inquietud.
No conocía
a aquellas gentes. ¿que seres podían esconderse debajo de esos atuendos ?
Nadie se
hablaba. Gentes de lo más variopinto cruzaban sus caminos. En ocasiones podían
encontrarse con la mirada. Las había de preocupación, de incredulidad y en
alguna ocasión, retadoras.
Bajo el
asiento, entre sus piernas, había depositado su maleta. Sujetando el asidero
con ambas manos, temeroso quizás de que alguien pudiera arrebatársela. No se
fiaba de quien lo rodeaba.
Las
personas entraban y salían. El ritmo era frenético. En su mente era fácil
imaginar que alguno de ellos pudiera quererle algún mal. Había aprendido a no
fiarse de nadie. Su profesión así lo requería.
Llegó a
su destino y salió del vagón. Se dirigía a la salida más próxima, con su
preciada maleta bien sujeta. Era inevitable. No podía dejar de mirar hacia atrás,
a los lados o al frente. La sensación de que le pudieran estar siguiendo le
acompañaba siempre.
Salió a
la calle. Cierto alivio le sobrevino.
Aún disponía
de tiempo. Un café en un bar de la zona estaría bien.
Escogió
una cafetería. Al entrar comprobó que se encontraba vacía. Tan solo el
camarero.
Sentado
a la barra, dando pequeños sorbos de un excelente café. Le gustaban los sabores
intensos, Ciudad de La Paz, Bolivia. Ese era siempre su preferido.
El
camarero intentaba entablar conversación, pero él sabía que no debía seguirle
el juego. Nunca acababa bien. Optó por mirar la televisión. Noticias. Las
fluctuaciones de la bolsa, un hombre con Alzheimer en paradero desconocido, un
nuevo asesinato en el centro.
Esta última
noticia llamó su atención.
Mienten
dijo en voz baja. El camarero lo oyó. Mienten dijo de nuevo.
En que
mienten quiso saber. Acaso cree saber más que la policía.
No fue
el brazo izquierdo, nunca es el brazo izquierdo. A ese hombre que ha aparecido,
le falta el brazo derecho.
Que sabrá
usted. ¿Cómo puede….? Demasiado tarde, acababa de comprender.
A la
mañana siguiente el bar estaba con las persianas levantadas pero con el cartel
de cerrado. En su interior paz, silencio. Todo perfectamente ordenado. Una única
persona se hallaba sentada en una de las mesas. Mirada a la frente, rígida como
si esperara compañía. Pero nunca la vería y por supuesto nunca podría haberle
estrechado su mano derecha.
De nuevo
en un vagón contemplando a esos desconocidos. La maleta a sus pies, como siempre. Habrá que esperar a ver que depara este nuevo viaje.
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