Unos dicen que las leyendas están para adoctrinar, otros opinan que para dar respuesta a fenómenos naturales o simplemente por el hecho de hablar de algo. Aquí dejo mi particular visión de una leyenda que se cuenta en algún lugar de África.
El lago sagrado
Como era costumbre en época
estival, Abeeku salía con su nieto Moroni a pasear los fines de semana. Le
gustaba salir con su pequeña barca y pescar en el lago.
Moroni, comprobaba siempre como
su abuelo lo obligaba a subir a la barca sin tocar el agua, siempre le había
dicho que estaba prohíbo. Arrimaba la embarcación al minúsculo embarcadero y
cogiéndolo de la cintura lo acomodaba en el interior. Lógicamente, Moroni no
entendía nada. No lograba comprender porque era sagrada el agua del lago y
mucho menos aún, porque no podía tocarla.
Cierto día, Moroni tuvo la
fortuna de pescar un pez de dimensiones nada desdeñables. Le extrajo el anzuelo
anta la atenta mirada de su abuelo. Siguiendo la tradición, realizó la plegaria
pertinente y con sumo cuidado deposito la pieza en la barca. Ese día, la
curiosidad venció al respeto y Moroni le pregunto a su abuelo.
-Abuelo- ¿por qué no podemos
tocar el agua? y ¿por qué honramos siempre lo que pescamos?
Abeeku, se lo quedó mirando largo
rato hasta que al final dijo:
Donde estamos ahora mismo ves un
lago, pero no siempre ha sido así. Hace mucho, mucho tiempo esto era una tierra
fértil y llena de vida. Los animales campaban a sus anchas y grandes
extensiones de tierra y plantaciones se podían ver . De haber nacido en aquella
época hubieras visto plantaciones de arroz, campos de patatas, rebaños de
ovejas y grandes manadas de vacas. Todo estaba bajo la protección del Regente
Abul-Khayr y por supuesto existían príncipes y princesas. Los habitantes que
allí vivían estaban felices y entre ellos se encontraba una pareja con un hijo
de seis meses de edad.
El niño se comportaba como todos
los niños de su edad, pero una noche empezó a llorar de forma poco habitual. La
madre intentaba todo aquello que sabia para poder calmarlo y que dejara de
llorar. Lo acariciaba, lo mecía y susurraba canciones, pero nada daba
resultado. Aprovechando que la temperatura era muy agradable, decidió coger a
su pequeño y salir de los límites del pueblo. Se sentó en lo alto de un
saliente con su niño en el regazo. Nada más sentarse, este dejo de llorar. La
madre pensó que la suave brisa y el silencio del que gozaban aquella noche era lo
que tranquilizaba a su pequeño. Con el dormido, inició el camino de vuelta a
casa, pero nada más empezar el descenso los llantos se reanudaron. Intentó
tranquilizarle meciéndole en sus brazos y por segunda vez se dirigió al
saliente de la montaña. Como por arte de magia, por segunda vez, nada más
sentarse cesaron los llantos. Repitió esta operación en hasta cuatro ocasiones.
En la última se dijo a si misma que aunque llorara el niño, llegaría a su hogar
y se lo explicaría a su marido. Cuando pasó el umbral de su puerta, el pequeño
lloraba de forma desconsolada. La mujer explicó a su marido que iba a estar
toda la noche fuera. Había decidido dormir en la montaña ya que era el único
lugar donde Tahsin, que así se llamaba el pequeño, se encontraba tranquilo. El
marido no le hizo el menor caso y partió sola con Tashin. Nada más
acomodarse en el saliente de la montaña, escucho un gran estruendo. Parecía
como si miles de explosiones se hubieran puesto de acuerdo para estallar al
mismo tiempo. Horrorizada contempló como su pueblo era literalmente engullido.
La tierra se abrió y todo cuanto había conocido hasta entonces estaba siendo
enterrado. El cielo que hasta ese momento había permanecido sereno y en calma,
explotó. La lluvia comenzó a caer de forma incesante cubriéndolo absolutamente
todo. Paralizada por completo observaba la escena, no podía ir al encuentro de
su marido ya que el camino había desaparecido. Su única salida era correr hacia
lo más alto de la montaña, hacia el bosque.
Cansada como estaba, decidió
encomendarse a su suerte y con Tahsin fuertemente cogido contra su pecho se
dispuso a esperar a la muerte.
Llovía y llovía. El agua pronto
empezó a anegar los campos. La lluvia aumentó en intensidad y los hogares
también empezaron a estar por debajo del nivel del agua. En cuestión de horas
no quedó a la vista absolutamente nada y el nivel del agua se quedó a escasos
dos metros de donde ella y Tahsin se encontraban. De repente, del mismo modo
en que apareció, la lluvia cesó. El cielo volvía a estar en calma y empezaba a
amanecer. Con la luz del día contempló la escena. No lo podía creer. Un
espectacular lago había sustituido a su pueblo, su familia, su vida. Todavía
con el susto en el cuerpo, corrió y corrió para llegar al pueblo más cercano y
poder explicar como el cielo y la tierra habían engullido a sus seres queridos.
Desde entonces el lago se ha
convertido en un lugar sagrado donde conviven muchos animales- dijo Abeeku-
mirando fijamente a los ojos de Moroni.
Se cree que en ellos están las almas de los que desaparecieron bajo las
aguas. Por este motivo, desde hace ya cientos y cientos de años, se veneran
estas aguas. Se dice que únicamente pueden pescar aquí aquellos que dispongan
de un noble corazón y que solo capturaran aquellas piezas que ya les haya
llegado la hora de cruzar al otro lado.
De modo que – ¡mi querido nieto!
– es por eso que as de venerar a ese pez que acabas de pescar, bien podía
tratarse de todo un príncipe o incluso un rey, ¡o incluso mejor!, simplemente
alguien bueno que un día pudo haber vivido aquí.

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