Amanece triste el día. Gris, con un ligero viento de costado lo suficientemente molesto
para impedir avanzar con la cabeza alta.
El sonido taladrante y continuo de un perro de no más de 15 kilos de peso y a poco menos
de cinco metros de distancia hace imposible concentrarse en nada que no sea ese
estruendoso alboroto. Por suerte tanto él como su dueño van en dirección contraria y el
encuentro es breve.
Al momento algo se acerca. Empieza como un débil repiqueteo que poco a poco va
ganando en intensidad y que resulta ser el sonido de los tacos de unas botas de fútbol
pertenecientes a un grupo de no más de cinco personas que han finalizado su encuentro
futbolístico semanal en el campo, por así llamarlo, que acabo de dejar atrás.
El batir de alas unido al sonido inconfundible del gorjeo de unas palomas hace que me
ponga en alerta. Alzo la mirada y observo una bandada de no más de 12 ejemplares de
palomas. Conocedor de la facilidad con la que estas aves son capaces de amargarte el día
con sus deposiciones modifico mi trayectoria evitando la perpendicularidad con la
mismas.
Otro sonido, esta vez de un motor hace que desvíe la mirada a la derecha. Lo catalogaría
como de rozamiento aunque en el breve espacio de tiempo en el que he podido prestar
atención quizás algo estaba a punto de descolgarse, si es que no lo estaba ya. Sin duda
esa Chrysler Voyager había conocido tiempos mejores.
Ni un segundo de respiro en mi particular milla de sonidos. Ahora le toca el turno a lo
que creo son unas ruedas de carro o quizás un triciclo pequeño que poco a poco se van
acercando. Al poco me sobrepasa por la izquierda un hombre de avanzada edad tirando
de un carro donde únicamente porta una caja vacía de fruta. El hombre se cruza delante
mio para pasar por el paso de peatones y dirigirse a la zona de huertos que puedo ver a
la derecha
No hay comentarios:
Publicar un comentario